Por Lenin Tremont Franco
La inteligencia artificial ya está en las manos de millones de estudiantes. Dos de cada tres jóvenes en Argentina la usan con fines escolares, según la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) y UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia). Sin embargo, en España, el debate está abierto y la sociedad aparece dividida.
De acuerdo con el Monitor de Educación 2025 de Ipsos (Instituto de Estudios de Opinión Pública), un 39% de los españoles piensa que la IA debería prohibirse en las aulas, mientras que un 34% no está de acuerdo y un 28% todavía no sabe qué opinar. Esa falta de certezas refleja un dilema compartido con más de 30 países analizados: ¿cómo convivir con una tecnología que crece más rápido de lo que podemos comprender?
Al mirar otros datos, la preocupación se vuelve más clara: el 82% de los encuestados apoya prohibir el uso de redes sociales a menores de 14 años, y un 69% cree que los teléfonos inteligentes deberían quedar fuera de las aulas. La brecha es generacional: mientras los adultos ven la tecnología como riesgo, muchos jóvenes la viven como una extensión natural de su aprendizaje.
Y aunque las cifras parecen frías, detrás hay preguntas muy humanas: ¿qué significa aprender en tiempos de algoritmos? ¿Cómo enseñar a pensar críticamente cuando un chatbot puede dar la respuesta en segundos? ¿De qué manera acompañar a los docentes para que sean guías y no simples vigilantes de un aula digitalizada?
El Monitor también advierte sobre otros problemas de fondo en España: un plan de estudios que muchos consideran obsoleto, la falta de financiación pública, aulas sobrepobladas y una formación docente que necesita renovarse. La inteligencia artificial entra en este escenario no como un lujo, sino como un desafío más en un sistema que ya enfrenta tensiones estructurales.
En el fondo, lo que está en juego no es si la IA debe estar o no en la escuela, sino cómo queremos que nuestros niños y jóvenes aprendan en una era donde la tecnología ya es parte de la vida cotidiana. Prohibir puede sonar a control, pero educar en el uso responsable es sembrar futuro.